Las conversaciones absurdas me dan
dolor de cabeza. A veces por suerte, a veces por desgracia...
Lo reconozco, muchas veces no lo
aguanto, no aguanto esas conversaciones carentes de habilidad para
transmitir las ideas. Falta creatividad, falta imaginación, falta de
todo. Y a veces, incluso sobran palabras...(como seguramente pase en
este texto)
Me siento bien conmigo mismo cuando
oigo a otras personas dejando a un lado su intelecto, e iniciando
diálogos que ni el peor de los guionistas querría para su película.
No porque me crea mejor que ellos (no soy mejor que nadie (peor
tampoco...)), sino porque me hace sentir diferente, cubriendo esa
necesidad generalizada de creer que tenemos algo que nos diferencia
de la mayoría.
Esa es la parte buena.
La parte en la que me siento afortunado
por mi forma de ser. Digamos que una parte de mi se siente orgullosa
de si misma por pensar antes de hablar, y aportar cosas con un mínimo
de valor.
Quizás esa sea la razón por la que
generalmente hablo poco... Cuando considero que no tengo nada útil
que aportar, tiendo a estar callado. Muchas veces eso me hace poco
sociable ante personas que tienden a banalizar las conversaciones. No
tengo la capacidad de conversar sin más. Para hablar me tengo que
divertir, y o me divierten los temas, o lo hace la forma de
tratarlos, pero sino me llama ninguna de las dos... Se me da bien
escuchar, pero entablar conversación ya es otra historia...
Y ese problema mio suele generar
silencios... para mi cómodos, para la otra persona no (¿de donde
saldrá esa antipatía por los silencios? No dejan de ser parte de la
conversación...). El problema es que una vez el silencio es incomodo
para uno, pasa a ser incomodo para los dos, ya que notas que la
persona con la que estás no esta a gusto.
Esa es la parte mala.
La parte en la que eres consciente de
que muchas veces tu compañía genera malestar en la otra persona.
Esa parte en la que temes quedar con ciertas personas porque sabes
como va a acabar... Unos minutos de agradable conversación, unos
segundos de silencio, otros pocos minutos de ya tensa conversación.
Y un adiós, bastante corto en duración y largo en repercusión.
Tras varias de esas, pasas a darte
cuenta de que eres un poco asocial, y de que eso te hace sentirte mal
contigo mismo, culpable por serlo.
Por suerte no siempre es así. Como ya
dije días atrás, todos tenemos nuestros oasis... En este caso mis
oasis son esas pocas personas, con las que no sólo puedo tener
conversaciones largas y fluidas, sino que disfruto de ellas como un
enano, porque son conversaciones únicas, diferentes, con contenido.
Son pocas las personas que me lo aportan. Pocas las personas a las
que les gusta jugar con las palabras, que piensan al hablar, que
saben que decir, y no conforme con eso, también como decirlo. A
todas esas personas, gracias. Os las doy a menudo, y en ocasiones
preguntáis por qué, a veces creo que pensáis que doy las gracias a
todo el mundo con demasiada facilidad, pero lo que no sabéis, es que
no se las doy a todo el mundo, y que no sólo son para agradecer las
palabras de apoyo en los malos momentos (en los que generalmente
tiendo a recurrir a vosotros), o los consejos ante las dudas. Son
gracias que aparte de todo eso, agradecen vuestra forma de ser,
vuestro gusto por pensar, y los ratos de desconexión, de oasis,
de... ¿''diversión''? (sí, no se como explicarlo, no encuentro la
palabra adecuada...) que me aportáis tan solo conversando.
No sois mejores que los demás, pero
sois diferentes. Gracias por serlo.
Y perdón a los demás por esos
silencios que os hacen sentir tan incómodos...