domingo, 22 de septiembre de 2013

Diferencia

Las conversaciones absurdas me dan dolor de cabeza. A veces por suerte, a veces por desgracia...

Lo reconozco, muchas veces no lo aguanto, no aguanto esas conversaciones carentes de habilidad para transmitir las ideas. Falta creatividad, falta imaginación, falta de todo. Y a veces, incluso sobran palabras...(como seguramente pase en este texto)

Me siento bien conmigo mismo cuando oigo a otras personas dejando a un lado su intelecto, e iniciando diálogos que ni el peor de los guionistas querría para su película. No porque me crea mejor que ellos (no soy mejor que nadie (peor tampoco...)), sino porque me hace sentir diferente, cubriendo esa necesidad generalizada de creer que tenemos algo que nos diferencia de la mayoría.

Esa es la parte buena.

La parte en la que me siento afortunado por mi forma de ser. Digamos que una parte de mi se siente orgullosa de si misma por pensar antes de hablar, y aportar cosas con un mínimo de valor.

Quizás esa sea la razón por la que generalmente hablo poco... Cuando considero que no tengo nada útil que aportar, tiendo a estar callado. Muchas veces eso me hace poco sociable ante personas que tienden a banalizar las conversaciones. No tengo la capacidad de conversar sin más. Para hablar me tengo que divertir, y o me divierten los temas, o lo hace la forma de tratarlos, pero sino me llama ninguna de las dos... Se me da bien escuchar, pero entablar conversación ya es otra historia...

Y ese problema mio suele generar silencios... para mi cómodos, para la otra persona no (¿de donde saldrá esa antipatía por los silencios? No dejan de ser parte de la conversación...). El problema es que una vez el silencio es incomodo para uno, pasa a ser incomodo para los dos, ya que notas que la persona con la que estás no esta a gusto.

Esa es la parte mala.

La parte en la que eres consciente de que muchas veces tu compañía genera malestar en la otra persona. Esa parte en la que temes quedar con ciertas personas porque sabes como va a acabar... Unos minutos de agradable conversación, unos segundos de silencio, otros pocos minutos de ya tensa conversación. Y un adiós, bastante corto en duración y largo en repercusión.
Tras varias de esas, pasas a darte cuenta de que eres un poco asocial, y de que eso te hace sentirte mal contigo mismo, culpable por serlo.

Por suerte no siempre es así. Como ya dije días atrás, todos tenemos nuestros oasis... En este caso mis oasis son esas pocas personas, con las que no sólo puedo tener conversaciones largas y fluidas, sino que disfruto de ellas como un enano, porque son conversaciones únicas, diferentes, con contenido. Son pocas las personas que me lo aportan. Pocas las personas a las que les gusta jugar con las palabras, que piensan al hablar, que saben que decir, y no conforme con eso, también como decirlo. A todas esas personas, gracias. Os las doy a menudo, y en ocasiones preguntáis por qué, a veces creo que pensáis que doy las gracias a todo el mundo con demasiada facilidad, pero lo que no sabéis, es que no se las doy a todo el mundo, y que no sólo son para agradecer las palabras de apoyo en los malos momentos (en los que generalmente tiendo a recurrir a vosotros), o los consejos ante las dudas. Son gracias que aparte de todo eso, agradecen vuestra forma de ser, vuestro gusto por pensar, y los ratos de desconexión, de oasis, de... ¿''diversión''? (sí, no se como explicarlo, no encuentro la palabra adecuada...) que me aportáis tan solo conversando.

No sois mejores que los demás, pero sois diferentes. Gracias por serlo.

Y perdón a los demás por esos silencios que os hacen sentir tan incómodos...

No hay comentarios:

Publicar un comentario